LAS PAREJAS CHATARRA Y LAS TÓXICAS

Tipo número dos. “Yo renuncio a X pero tú renuncias a Y. Los siameses”.

En éstas ya aparece un monto significativo de inseguridad. Les amenaza algún aspecto de la vida del cónyuge, piensan que si el otro no deja lo que a ellos les incomoda, la relación no sobrevivirá; por lo que se obligan el uno al otro a renunciar a eso que les genera gran inquietud y malestar.

En esta relación, mutuamente se van cercenando partes. Él le dice a ella: te quiero, pero la condición para estar contigo es que no trabajes; ella le dice que acepta, pero a cambio de que él deje de jugar dominó con sus amigos los jueves. Esto es como si se arrancaran o mutilaran partes de sí mismos; por lo tanto, ella se queda sin su brazo derecho emocional y él, sin el izquierdo.

A continuación él le dice que está bien, siempre y cuando no regrese a sus cursos de Desarrollo Humano; a lo cual ella contesta que está de acuerdo, siempre y cuando él deje de ver a su posesiva y agresiva familia, con lo que ahora, él pierde su pierna izquierda emocional y ella, la derecha. Y así caminan por la vida mutilados, pero eso sí, bien unidos, pegados como siameses; ya que para ambos sólo quedan un brazo y una pierna. Estas relaciones suelen ser duraderas ―por la dependencia que se establece― y satisfactorias merced a que con esa cercanía mitigan sus dolorosas vivencias internas de soledad e inseguridad, pero al mismo tiempo limitadas e inmaduras.

Tipo número tres. “El gris es un buen color”.

La atmósfera cotidiana de estas parejas es insípida, monótona, anticlimática y rutinaria. Es como esas plantas artificiales que a veces tenemos en casa, sin vida, sin olor, con texturas burdas. La vida afectiva se ha desangelado; los intereses de la pareja, desdibujado; y sus ilusiones, desvanecido. Lo mismo da si ocurren cosas o no, él se la pasa drogándose con su televisión o con su computadora y ella rumiando cómodamente su depresión.

La pareja se convirtió en un autómata, en un zombi adormilado que deambula por la vida sin pena ni gloria.

Los personajes de los reinos de los integrantes de estas parejas viven somnolientos y amodorrados, como si estuvieran bajo el efecto de narcóticos.

Lamentablemente, este estilo es tan soporífero que al abordarlo me empiezo a contagiar de su aletargada cadencia y de su monótono sonsonete. Es tan insípido que no hay mucho más qué decir acerca de él, salvo que a muchas parejas les “motiva” y les “entusiasma” pintar su relación de ese color y que es uno de los estilos más populares, taquilleros y solicitados.

Tipo número cuatro. “Nos encanta ser como dos líneas paralelas”.

Estas parejas se caracterizan porque justamente al ser como dos líneas paralelas, sus integrantes nunca se juntan, lo que quiere decir que no se encuentran afectivamente: no se reúnen emocionalmente, no convergen en la intimidad, no confluyen en el contacto. No pueden establecer un compromiso con el proyecto amoroso porque están ya comprometidos con la sombra del amante.

Este tipo de parejas podemos identificarlas porque cada uno hace su vida por su lado. El siguiente chiste expresa fielmente esta tendencia:

Un hombre le dice a su esposa: “¡Salgamos a divertirnos esta noche!”, a lo que ella contesta: “¡Buena idea! El que llegue primero deja la luz de la entrada prendida”.

Algunos matrimonios suelen dormir en camas separadas o en diferentes recámaras, tienen poca comunicación y de carácter superficial. Socialmente da la impresión de que algunos de ellos son de buena calidad, sin embargo en la privacidad comparten pocas cosas, ya que lo que reina es la distancia emocional.

Algunas de estas parejas pueden llegar a tener una vida sexual intensa y satisfactoria, pero sólo lo será en el plano estrictamente biológico, pues sus arraigados temores inconscientes ahuyentan cualquier manifestación de involucramiento sentimental, como lo pone en evidencia este chiste:

Pedro y María decidieron casarse. Algunos días después de la boda, la madre de ella no resiste la curiosidad y va a ver cómo le ha ido en los primeros momentos de su matrimonio.

―Buenos días, m’ija, ¿n’osta el Pedro?
―Pos no, amá, se fue pa’la milpa.
―Pos vine a conocer tu choza, m’ija. Oiga, María, y aste, ¿ad´nde duerme?
―Pos aquí amá, en este petate.
―Ah, ¿y el Pedro, dónde duerme?
―Pos allá, amá, en el otro cuarto, en su petate.
―Ah, y cuando el Pedro quiere… ¿cómo le hacen?
―Pos me chifla, me levanto corriendo y voy.
―Ah, ¿y cuando asté quiere…?
―¡Ah!, pos me levanto corriendo, voy y le dijo: ¿Me chiflates, Pedro?

El chiste muestra, aunque en este caso no sea urbano sino del campo, cómo una pareja paralela puede utilizar su ingenio para tener acceso a su sexualidad y al mismo tiempo para evitar la cercanía afectiva. El reconocido escritor checo Milan Kundera opina al respecto: El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de dormir junto a alguien. En el amor sin más importantes la intimidad y el compromiso que la sexualidad, y la calidad de ésta se la dan aquéllas.

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